Madonna se casó con Guy Ritchie en el año 2000. Una buena forma de comenzar el nuevo milenio. En aquel momento, estaba muy enamorada, los dos lo estaban. O, al menos, eso parecía. Pero, como bien sabrán, no todo es lo que parece. El tiempo, ese que todo lo come, habría de demostrarlo.
Poco tiempo después de casarse, la ex niña salvaje había dicho que se había casado por las razones equivocadas y que, ahora – entonces, en realidad -, se daba cuenta que Ritchie no era el hombre que ella había pensado. Desilusiones las tenemos todos, pero vaya uno a saber qué es lo que pensaba Madge cuando decidió aceptar el anillo del realizador británico.
Hoy, están separándose cada día más y, se comenta, ya se van preparando los trámites de divorcio. En su hogar en Inglaterra, cada uno vive en su propio espacio dentro de la casa, y hasta el tiempo con sus hijos está compartimentado.
Como habían hecho la promesa de apoyarse profesionalmente mutuamente, ambos han tratado de cumplir su parte del “contrato”, no obstante lo cual ha quedado cada vez más en evidencia que los tiempos en que disfrutaban de la compañía del otro ya están lejos. Hace unos meses se había hablado de su vida sexual, y Madonna salió a decir públicamente que Ritchie era el mejor amante que había tenido. Eso, en este momento, retroactivamente, es lo que uno llamaría es mantener las apariencias.
Probablemente, todo haya ido para peor cuando Madonna se metió de lleno en la lucha por su tercer hijo, David Banda, cuya controversial adopción la llevó a una lucha de dos años cuando el padre biológico de David lo reclamó. Cuando Madonna, finalizado el proceso, apuntó los cañones hacia la adopción de una niña de la India, parece ser que Ritchie no aguantó más. Los restos de la relación habían quedado disueltos en el desgaste del conflicto por la tenencia de David.
Antes también habían discutido sobre la educación de Lourdes (hija de Madonna de una pareja anterior) y Rocco (el hijo de ambos), quienes, en la visión de Ritchie, pasaban demasiado tiempo siguiendo a su madre en sus largos tours.
Desde el año 2000, Madonna y Ritchie fueron siempre una pareja combustible y volátil (como todas las que tienen a la diva como protagonista). Cuando era más joven, en su etapa de rebelde, Madonna había tenido una relación similar con Sean Penn. Ahora más adulta y convertida en multimillonaria y poderosa mujer de la industria discográfica, la rebeldía tornose en divismo. No obstante, las peleas solían estar seguidas de apasionadas reconciliaciones. Pero, parece, la llama ya no da para más, sólo quedan las cenizas apagadas.
Quizás tampoco ayude que Ritchie no pudo construir una carrera exitosa después de sus primeros dos films, que, en aquel momento, se convirtieron en una suerte de marca registrada en cuanto a estética. Los años han pasado y Ritchie sigue estancado, a la sombra de una Madonna que no sólo sigue en la cima, sino que parece estar dotada de una extraña capacidad para reinventarse. Su último proyecto, por ejemplo, fue un documental que se presentó en Cannes sobre Malawi. Madonna no sólo domina su propio campo, sino que invade el de Guy. Ambos son de fuerte temperamento, pero, según dicen, la falta de éxito profesional a desbalanceado la relación. Ella, en esta situación, termina siempre imponiendo su voluntad y él ya no lucha, sino que, simplemente, acumula resentimiento y se desgasta, alejándose cada vez más.
Él, por su parte, parece ya haber tirado la toalla. O ambos, quién sabe. El problema de las relaciones que son pura pasión es que, cuando las llamaradas se van apagando, no hay otra cosa atrás que pueda reencenderlas. Creo que no hay nada más deprimente que ver una relación construída sobre la pasión convertida en una ruina de sí misma, famélica, sin ya nada que ofrecer más que una burla de lo que fue. No sé, siempre me ha resultado triste, tanto en las que me han tenido de protagonista como en aquellas de las que he sido testigo. Recientemente, en Cannes, Madonna y Ritchie oscilaron entre la ausencia, los desencuentros y una extraña soledad. Ella presentando su documental, él lamentando no poder usar la escena para promocionar su próximo film y gran apuesta para retornar a los primeros planos.
Madge está por cumplir 50, y eso, dicen, la tiene también algo asustada. Pese a las largas horas de ejercicio, que quedan evidenciadas en un físico envidiable, el tiempo es el tiempo, y es una cuestión vital, independientemente del exterior. Ritchie es 10 años menor, está en otra etapa de su vida. El amor no tiene por qué responder a una cuestión etaria, pero cuando el amor falta, todas las demás diferencias comienzan a saltar a la vista.
Todo indica que esta pareja ya se ha terminado, como un muerto que se niega a terminar de admitirlo. Pero, por otra parte, se comenta también que tratan de ser, dentro de las posibilidades que da el ser figuras públicas, discretos, para que su separación y eventual divorcio no lleguen a dañar a sus hijos. También se especula con que no van a divorciarse antes del estreno de Ritchie. Lo que sí parece, es que Madonna y Guy Ritchie no llegarán a fin de año como un matrimonio.
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