Las historias rosas, muchas veces, tienen final feliz. A veces, a diferencia de lo que ocurre en los grandes films de Hollywood (aunque también ocurre, usualmente, en modestas comedias románticas sin tanto presupuesto), no hay fanfarrias ni enormes estadios aplaudiendo un beso. En ocasiones, son apenas un par de amigos que ofician de testigos un día y otros tantos, posteriormente, que asisten a una fiesta.
El viejo y legendario lobo de mar Lou Reed se casó con su novia de larga data, la artista multimedial Laurie Anderson. Lo que se dice, un arreglo elegante, nada de tatuajes, ni parejas en prisión, ni extensos artículos sobre posibles embarazos. Reed tiene 66 y Anderson 60, así que descarten niños nuevos, salvo que, como Madonna, los adopten. De paso, así como Michael Jackson tiene el síndrome de Peter Pan, Madonna debe tener el de El Arca de Noé.
Reed y Anderson se casaron en una boda híper-sencilla en Boulder, Colorado, en presencia dos amigos que oficiaron de testigos. Posteriormente, sí, festejaron, también sin demasiadas estridencias, junto a amigos del ambiente como el director de cine Julian Schnabel, el Rey del Limbo Mike Quashie y el actor Richard Belzer.
Por su parte, Sir Paul McCartney, quien viene del pacífico divorcio con Heather Mills (¿podríamos hablar de la versión británica pasada de años de Charlie Sheen y Denise Richards?), está escribiendo un libro sobre su difunta esposa Linda, quien falleció hace diez años a la edad de 56.
Según los allegados, a McCartney le está haciendo bien poder concentrarse en algo que no sea su divorcio, lo que parece una verdad de perogrullo, dado los problemas y situaciones violentas por las que atravesó el proceso. Mills desplegó un arsenal de historias de terror que, eventualmente, el juez Bennett consideró “inconsistentes” (también se extendió en peculiares elogios personales hacia el ex Beatle… los beneficios de pertenecer). La ex esposa, de todos modos, se quedó con 24 millones de libras esterlinas, una cantidad nada despreciable para el común de los mortales. La cuestión, entonces, es que la posibilidad de escribir este nuevo libro sobre lo que fue, al parecer, la mujer de su vida, tiene a McCartney de nuevo de buen humor.
Finalmente, el toque de color, la ocurrencia, la candidez. Reneé Zellweger, la chica de, como la definiera Jim Carrey en “Yo, yo mismo e Irene” (”Me, myself and Irene”, 2000), el rostro que ha estado bebiendo mucho limón y no le gustó, dice, convencida, que le gusta que la traten mal. Señores, al menos por el momento, alejen de su mente las posibles fantasías sexuales que esto les provoque.
Zellweger, en declaraciones recientes, mencionó que le gusta cuando la gente es mala con ella. No, no significa, al menos no es lo que dijo en la nota, que le guste “duro”. Siempre piensan en lo mismo, no puede ser. Reneé elabora, explica, que el maltrato la hace sentir real, que la gente la trata como a una más, en vez de cuidarse de expresar sus verdaderas opiniones porque ella es una famosa de Hollywood.
Uno, normalmente, detesta cuando las azafatas están de mal humor y uno termina, en Clase Turista, siendo el objeto de su maltrato, cuando en Primera Clase tienen dos metros de espacio entre butaca y butaca. A Reneé Zellweger no le molesta, en lo absoluto. Es más, lo disfruta. Puedo imaginarla sacando comida y bebida para obtener más placer de la situación, como si estuviera viendo uno de esos films donde ella misma hace de frágil y/o victimizada damisela en apuros. ¿Le pedirá a las azafatas que la golpeen, para hacer más real la escena, usará vaselina en los ojos para llorar y darle mayor dramatismo a la situación? Por eso, porque eso la hace sentir bien, de carne y hueso, Zellweger dice, también, que le molesta profundamente cuando, luego de enterarse quién es, vienen y le piden disculpas, por más que, en realidad, quisieran ahorcarla y arrojarla al vacío.
Por eso, señores, si ven a Reneé Zellweger por la calle, no la saluden, insúltenla. Nada de propuestas indecentes, no se confundan; liso, llano, tradicional maltrato. Es lo único que la chica pide.
Para finalizar, otra cita que puede anotarse en la pizarra: “Estoy feliz de estar con él, pero estoy segura que hay veces que él quisiera no estar conmigo”. La autora, la fuente de dichas palabras: Sarah Jessica Parker, casada con Matthew Broderick desde hace 11 años (el promedio de una pareja casada en Hollywood es de un año y medio, lo que es muy bueno para la prensa rosa, por supuesto).
Según la protagonista de “Sex and the City”, su matrimonio tiene cosas buenas y otras no tanto y, si bien en general se llevan bien, el tren en el que viajan juntos ha tenido descarrilamientos severos. Para aquellos hombres y mujeres casados, supongo que esto habrá de sonarles, en muchos casos, familiar. Nada grandioso, nada del otro mundo, apenas, nada más, la vida misma.
Por lo pronto, 11 años no está mal. ¿Para cuando algún escándalo digno de portada? “Mi matrimonio tiene altos y bajos” lejos está de lo que demanda el espectador. Broma. Sean felices y coman perdices.
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